Carreras universitarias: estudios sobre economía de la educación superior
Septiembre 12, 2010

libroMeller.jpg Texto leído con ocasión del lanzamiento del libro de Patricio Meller y colaboradores, “Carreras Universitarias: Rentabilidad, Selectividad y Discriminación“, Uqbar Editores.

El acto se realizó en el Departamento de Ingeniría Industrial de la Universidad de Chile, 8 de septiembre 2010.
El libro de Patricio Meller y colaboradores que hoy se presenta al público es el primero publicado en Chile dedicado exclusivamente a la relación entre educación superior y mundo del trabajo; en particular, al análisis de las carreras profesionales y técnicas ofrecidas por universidades, institutos profesionales y centros de formación técnica.

Trata de asuntos que han ido adquiriendo creciente importancia a medida que se expande la matrícula de la educación terciaria, aumenta el número de graduados y que el mercado laboral demanda y premia salarialmente a personas con formación superior o capital humano avanzado.

En efecto, la matrícula de este nivel se ha incrementado de 250 mil estudiantes en 1990 a más de 900 mil en el año del Bicentenario.

Los graduados del sistema, que en 1990 apenas superaban la cifra de 25 mil, serán más de 105 mil en 2010, correspondiendo un 55% a mujeres.

Por su lado, el mercado laboral premia a las personas con educación superior. Según muestra la última encuesta CASEN (2009), “En promedio quienes tienen 17 años de escolaridad (estudios universitarios) reciben un ingreso promedio mensual por su trabajo que es 3 veces superior a lo que recibe alguien que obtuvo 12 años de escolaridad”, es decir, educación media completa.

El estudio de Meller et al aborda la compleja relación—y el tránsito—entre la educación superior y el mundo del trabajo desde varias perspectivas complementarias, cada una de las cuales se aborda en un capítulo separado:
• La evolución de las carreras y su oferta institucional
• La variabilidad de las remuneraciones profesionales
• La tasa interna de retorno y el valor presente neto para diferentes carreras universitarias
• El peso variable de los certificados universitarios en la determinación del ingreso de las profesiones
• El premio salarial para carreras conducentes a un mismo título entregado por universidades e institutos profesionales
• El mercado de las carreras técnicas, y
• Las diferencias salariales de género en el mundo de las profesiones.

Del abundante material analizado por los autores, quisiera yo destacar—aunque sea someramente—nueve aspectos que, en común, ponen en cuestión la sabiduría convencional en estos asuntos, echan abajo leyendas urbanas o quitan el piso a ciertos mitos de amplia circulación, aún entre gentes ilustradas.

1. Contrariamente a lo que suele sostenerse, los autores muestran que las carreras de mayor crecimiento durante los últimos doce años no han sido las mal llamadas carreras de tiza y pizarrón—aquellas de más bajo costo y supuestamente menos exigentes académicamente—si no carreras costosas de impartir e intensivas en destrezas, como kinesiología, odontología, enfermería, tecnología médica, medicina veterinaria, química y farmacia y medicina. La excepción a esta regla son las carreras de pedagogía, que durante el período crecen aceleradamente y con baja inversión, produciendo resultados deletéreos para la profesión, como bien sabemos. Al contrario, algunas carreras llamadas peyorativamente de tiza y pizarrón se encuentran entre las de menor crecimiento, mostrando algunas, incluso, un crecimiento negativo: auditoría, periodismo, ingeniería comercial y administración pública. En fin, el argumento de que las nuevas universidades privadas—aquellas que no reciben aporte directo del fisco—se limitarían a ofrecer únicamente carreras de bajo costo parece ser, más bien, un prejuicio.

2. La idea de que la eficiencia interna de nuestro sistema—medida por la duración real de las carreras en relación con su duración nominal—era relativamente alta pero habría experimentado un retroceso con la aparición de nuevas universidades privadas resulta ser también una leyenda a la luz de la evidencia analizada por Meller et al. En promedio, los alumnos universitarios demoran un 30% más de lo necesario para completar su programa de estudios. Según este estudio, “las universidades estatales son las que más demoran en titular a sus alumnos y tienen tasas similares a las universidades privadas con aporte del Estado. Las universidades privadas [sin aporte fiscal directo] muestran ser en promedio las más eficientes en titular a los alumnos”. Además, unas y otras universidades exhiben altas tasas de deserción, las que al quinto año alcanzan a 51% y 56% entre las universidades del Consejo de Rectores y las universidades privadas, respectivamente. En breve, tenemos un sistema lento en graduar y dispendioso con el talento de sus estudiantes.

3. Los autores no parecen compartir, tampoco, la idea—bastante difundida en algunos círculos—de que el sistema de aseguramiento de la calidad podría estar generando señales equívocas e inflando la imagen de solidez de las instituciones, asunto que sería grave para la fe pública depositada en los grados académicos y en los títulos profesionales y técnicos. De hecho, Meller et al utilizan la variable “número de años de acreditación” de las universidades” y concluyen que, en realidad, el sistema universitario chileno es relativamente inmaduro y su calidad no se halla aún suficientemente consolidada. En efecto, obtienen 4 o más años de acreditación solo un 44% de las universidades privadas sin aporte fiscal, un 56% de las universidades estatales y un 100% de las universidades privadas subsidias por el Estado. Esto significa que cerca de la mitad de las instituciones del subsistema universitario no alcanza todavía el umbral a partir del cual puede estimarse logran un nivel estable calidad.

4. Contrario a lo que suele sostenerse, Meller y colaboradores corroboran que la carrera elegida es más importante que la universidad en la determinación del nivel de remuneraciones de los profesionales. De hecho, la carrera por sí sola explica más del doble de la varianza explicada por la universidad. Por ejemplo, “profesionales de carreras como derecho, geología, ingeniería civil, medicina y odontología ganan alrededor de un millón de pesos mensuales al segundo año de haberse titulado. En cambio, profesionales de carreras como actuación teatral, educación parvularia y algunas pedagogías apenas ganan en torno a 300 mil pesos mensuales”. Como bien señalan los autores, lo anterior implica que al momento de elegir, los jóvenes debieran preocuparse más de la carrera que de la universidad, aunque agregan de inmediato que, desde el punto de vista económico, es la combinación de carrera y universidad la que mejor explica la variabilidad de las remuneraciones profesionales.

5. Asimismo, y en contraste con la afirmación habitual de que el tipo de universidad—su grado de selectividad, calidad, reputación, prestigio, etc.—explicaría la mayor parte de las diferencias de las remuneraciones profesionales en el mercado laboral, Meller y colegas concluyen, en cambio, que parte importante de dichos diferenciales se debe a las características personales y no al tipo de universidad en que estudiaron los profesionales. Características personales refiere aquí a habilidades individuales medidas por el puntaje de la prueba de selección para el ingreso a la universidad. Es decir, refiere, encadenadamente hacia atrás, a la acumulación de capital escolar que los jóvenes realizan a lo largo de su trayectoria de 12 años de colegio, trayectoria que a su vez remite a los años previos al ingreso a la escuela. En especial, al hogar como principal factor que regula la transmisión del capital cultural y social de las personas y condiciona, a partir de ese momento, la trayectoria escolar y el puntaje que permite o impide al joven elegir la deseada combinación de carrera/universidad. En este punto, al menos, ingenieros industriales, economistas y sociólogos nos hemos puesto de acuerdo, dejando atrás la idea, mitológica por cierto, de que el prestigio del colegio o la universidad (o sea su calidad percibida socialmente)—y no las desigualdades de la cuna y la desigual acumulación de capitales simbólicos—explicarían los logros del aprendizaje y los diferenciales de remuneración en el mercado de trabajo.

6. También contrariando los prejuicios existentes, los autores prueban que estudiar algunas carreras en universidades de baja selectividad resulta rentable desde el punto de vista económico, a lo cual cabe agregar que también puede tener un importante efecto de status social. Dicho en palabras de Meller y colaboradores, “el mercado valora positivamente el conocimiento adquirido por el promedio de los profesionales de universidades de baja selectividad en [el caso de] varias carreras”. Al mismo tiempo, constatan que una proporción de estos profesionales enfrentan dificultades para encontrar un empleo durante los dos primeros años tras la graduación. Aún así, alegan, en carreras como ingeniería comercial, contador auditor, enfermería, psicología, trabajo y servicio social, y educación física, resulta válida la aspiración de los jóvenes y familias de menor capital económico y cultural de cursar estudios y titularse en una universidad acreditada de baja selectividad, incluso en carreras donde la posibilidad de encontrar empleo mejora solo a partir del tercer año después de recibido el título. Quizá sea este el punto más interesante y novedoso del libro que comentamos.

7. Contrario a lo que se piensa y comenta en círculos ilustrados, este estudio comprueba que hay varias carreras en las cuales los profesionales egresados de institutos profesionales tienen mejores remuneraciones y mayores tasas de retorno que egresados universitarios de las mismas carreras. Los autores sugieren que esto podría deberse a diferencias curriculares y de métodos de enseñanza entre ambos tipos de instituciones—más pertinentes a las necesidades del mundo del trabajo en los institutos que en las universidades—pero sin explicar cómo dichas diferencias son reconocidas por el mercado. Como sea, Meller et al refutan la difundida idea de que desde el punto de vista económico, a los jóvenes egresados de la enseñanza media convendría—siempre y en toda circunstancia—elegir una carrera universitaria antes que una ofrecida por un instituto profesional. En efecto, la evidencia disponible no respalda este aserto.

8. Una similar impugnación realizan los autores respecto a la comparación entre carreras ofrecidas por centros de formación técnica y carreras universitarias. Si bien a nivel agregado es claro que el nivel promedio de remuneraciones profesionales es superior al de las carreras técnicas—como ocurre en casi todos los países de la OCDE—Meller et al muestran que en varios casos el mercado laboral otorga mayor valoración a carreras técnicas que a títulos universitarios. Sostienen adicionalmente que las universidades podrían aprender de algunos centros de formación técnica cómo sintonizar más finamente con los requerimientos del mundo del trabajo. Con todo, subrayan los autores, estas afirmaciones tienen validez solo para determinadas carreras técnicas y centros, pudiendo observarse en otros casos una aguda precariedad pedagógica e institucional en el mundo de la formación técnica superior.

9. Finalmente, este libro ofrece un detallado análisis de los diferenciales de ingreso entre mujeres y hombres. Una vez aplicados todos los controles necesarios, los autores concluyen que las mujeres profesionales ganan alrededor de un 23% menos que los hombres. Esta brecha varía entre distintas profesiones: un 10% en el caso de periodismo y un 34% en el de contabilidad. Meller et al sugieren que los diferenciales de salarios entre hombres y mujeres podrían deberse a variables relacionadas con la demanda y las personas que contratan profesionales (sesgo propiamente de género) y/o con variables de la oferta de trabajo femenino, como el mayor o menor control sobre las horas de trabajo ofrecidas y la importancia relativa asignada por la mujer a los ascensos en la carrera profesional.

—–o—–
En suma, el volumen que hoy presentamos “de-construye”, como está de moda decir, variados mitos, prejuicios y pseudo-conocimientos sobre las intrincadas relaciones entre la educación terciaria o superior y el mundo del trabajo. Aporta evidencias y argumentos que refinan nuestra comprensión de dicha relación, de suyo compleja y cambiante. Realiza una importante contribución a un campo de estudios—el de la educación superior—que en Chile recién comienza a desarrollarse, a diferencia de lo que ocurre en los países de la OCDE, donde ocupa un lugar prominente dentro de la investigación en las disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades.

Sugiere, además, un sinnúmero de nuevas preguntas, especialmente en relación con aspectos cualitativos de la relación entre educación, destrezas y empleo. Mencionaré algunas de estas preguntas para concluir:
• Qué características socio-culturales—más allá de los variables niveles de ingreso—adoptan los procesos de inserción laboral para jóvenes de distintas combinaciones de carreras/instituciones, provenientes de diferentes estratos socioeconómicos;
• Cuáles son las principales competencias cognitivas, personales y sociales que hoy demanda el mercado laboral en distintos sectores del empleo y en qué medida las instituciones de educación superior están en condiciones de formarlas;
• Cuál es el grado de cambio ocupacional a que se hallan sujetos los graduados durante los primeros años de trabajo y cuán bien preparados se encuentran para enfrentar esta rotación laboral;
• Qué combinación de competencias generales y específicas es la más adecuada para diferentes carreras y cuál es el mejor equilibrio posible entre teoría, práctica y reflexión sobre el desempeño en el caso de cada una;
• Cuánta diferenciación vertical de la calidad de las instituciones es aceptable y qué medidas podrían adoptarse para impedir la existencia de brechas tales que pongan en duda el valor académico de los títulos expedidos por las instituciones menos selectivas;
• Qué pueden hacer las instituciones para reducir las tasas de deserción y reducir los tiempos de graduación de sus estudiantes y qué debe hacer el gobierno para estimular respuestas efectivas;
• Qué procedimientos hace falta revisar—o cuales nuevos se deberían implementar—para fortalecer nuestro sistema de aseguramiento de la calidad y evitar que se corroa su legitimidad;
• Cómo mejorar la información sobre el sistema y la trasparencia del mercado de la educación superior, especialmente en relación con el empleo, de manera de facilitar la elección de carrera en el caso de los jóvenes y robustecer la rendición de cuenta académica ante la sociedad y la autoridad pública.

Sólo me resta felicitar a Patricio y sus jóvenes colaboradores por este magnífico libro.

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